¿En qué momento uno se vuelve tan miedoso?





Saludos.

¿No les ha pasado que en ocasiones, le temes a cosas que son muy cotidianas y te quedas estancado en ese pánico solo pensando en qué te pueda ocurrir? Los invito a leer esta anécdota que quise compartir...






      El pasado domingo, día del niño, pasé la tarde viendo fotos con mi hermana y mi mamá. Luego de encontrar centenares de fotografías, desempolvando los álbumes y sacando cajones con muchos de estos, llegué a verme 17 años atrás, lanzándome de un tobogán hacia el mar –eso recuerdo- y sin ningún complejo ni temor alguno por lo que pueda pasar.  Cuento esta anécdota porque, en la actualidad, le tengo miedo al mar. La playa es uno de los lugares más placenteros para la gente… de hecho, viviendo en Caracas, la tres cuartas partes de su población baja, por lo menos, una vez al mes a la costa. Pero a mí, no me gusta. Más allá de las pendejadas de uno: que si la arena, el agua salada y el Sol, yo preferiría estar en una piscina. Sin embargo, TODOS mis amigos opinan lo contrario, así que este señorito, en ocasiones, los acompaña.

      El tarajallo que les escribe tiene 24 años y muchas personas se sorprenden cuando les digo que no sé nadar. Pero sí, mi infancia la pasé entre el Gameboy Color y las partituras de “Vaivén”, “Dama Antañona” y “Señor Jou”. Haciendo esta acotación, ustedes se podrán imaginar el porqué empecé con dicha anécdota en el primer párrafo. Hace como dos años, casi me ahogo. Si no fuera por Picho –un amigo- dudo que hubiese salido con vida de esa playa de La Guaira. Y describir todo ese desespero… a ver, fue como ser Naomi Watts en “Lo Imposible”. Horrible. Le hice la cruz a algo tan vacacional.

      Si me pongo a analizar qué es lo que me da miedo del mar, pienso en su profundidad. Cuando era pequeño, una vez me llevaron a un puerto y contemplaba unos barcos –que también me causan temor- en toda la orilla del paseo de desembarque. Vagamente me acuerdo que estupefacto veía hacia abajo, imaginándome cuántos metros de profundidad tenía aquellas aguas. Y si recuerdo aquella experiencia desagradable en la playa, lo que me desesperaba era no tocar tierra. Quizás sea eso, la profundidad. Pero si pienso en las veces que uno traga agua en una piscina, la sensación de ahogarse también me causa pánico. Entonces son dos cosas. Sin embargo, en una alberca no tienes que luchar contra una corriente marina… Aglutinando la fuerza del mar, la profundidad casi infinita y el desenlace de morir por no respirar, no le temería al diablo o alguna fuerza maligna, sino a Poseidón.

      Pero luego de tantos pensamientos lúgubres sobre cuál hubiese sido el final de esa amarga convivencia playera (sino fuera por Picho), creo que uno se vuelve más temeroso si sigue dándole cabeza a eso. Ya pasó. Da gracias a Dios, a Jesús, al cielo o al mismo Neptuno que no te quería en sus mares porque le caíste mal ese día. Será algo que no olvidaré pero, poco a poco, uno va pasando la página.

      Son cosas que pasan. Y en esto me convertiré en Miguel Ruiz hablando del acuerdo Nº 3: No darle suposiciones a algo que no sabes si ocurrirá… De hecho, VA A OCURRIR, si le doy fuerza con el pensamiento. Es como una conocida que decía: “Jamás me montaré en una moto… Buscando peligro… ¡Jamás!” y por cosas QUE PASAN le tocó desplazarse en una y ¡Pffs! Tuvo un accidente. Así ocurre. Pasa tanto con el mal de Murphy, como en la vida real –y obvio, en TNT- pero sí: ocurre, acontece, sucede...

      Mi recomendación es no darle tanta idea a alguna fobia. Eso no quiere decir que la dejes de tener. Por ejemplo yo: a la hora de estar frente al mar, ahí estaré… con las uñas comidas, con esos esfínteres bien apretados y si es necesario, con un salvavidas al lado –un Picho no estará siempre para auxiliarte- Toma tus previsiones y dale pierna a la vida. Sino, pasarás perdiendo tiempo real en algo que solo pasa en tu mente.


PD: Así he botado varias horas de mi vida…


Vive.
Torse.

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